"Ansiedad"(Relato), José Quispe.

                                                                      Ansiedad.


La historia que voy a contar es un poco oscura.Un día llegué un poco tarde al colegio. En la puerta de la clase había una apuesta señorita. Tenía un aire de Jetzu, una amiga, igual que ella, de figura esbelta aunque pequeña, con una prominencia sin exagerar en el tamaño de la cabeza, piel clara, pelo lacio oscuro castaño. Aquí hacemos una diferencia con la señorita que estaba al frente, pues lo tenía negro más ribeteado por rayos de sol dorados; peinado siempre de cola, cejas en arco ligeramente, y boca mediana con labios rosados fuego siempre sellados. Demasiada descripción, lo sé.

Simplemente mi último grado, una ráfaga de hormonas, y pues me inducían a ir por todas. Claro, era un patán estaba fuera de compostura, pero fue por eso que no lo pensé mucho. Subí por las gradas amarillas, volteé el muro azul marino que estaba al lado de las gradas, y me acerqué. "Así que usted es la nueva psicóloga", dije. "Sí soy yo", dijo, poniéndose la tapa del lapicero que agarraba en los labios, "y tú eres...". "Soy Byron, para servirle", respondí. "Justo venía a por ti", me dijo. Eso me descuadró. "¿Qué?", pensé. "No inventes". "Claro, será un placer", dije.

Tuve que seguirla, caminando por las parcelas cuadradas amarillas, viendo los locker azul marino a mi izquierda, en sus respectivos muros celestes, destellando brillantes. Hablamos un poco, se llamaba Carmen. Me dijo que fuera del colegio la llamará así. Pero dentro, Señorita. Eso me dejó normal. “Así que fuera del colegio”, pensé.


Carmen era muy atenta, además de muy dulce y sexy, lo demostraba con su “cola de caballo” a rebosar y su chaleco a rombos grises y azules, propio de la institución educativa. En su despacho amarillo canario con dos estantes grises estándar y su pupitre metálico, con una silla gris de metal acolchado donde se sentaba ella, y otros dos para visitas, sentado a mano derecha, me hizo unas cuantas preguntas.


Luego pasaron días, una semana y luego otra. Se acercaba la celebración de Pascua. Resulta que un día antes, cuando los profesores estaban ocupados arreglando el coliseo, fui a la capilla a leer “La historia de la guerra del mundo”, que abarcaba al general Erich Ludendorf y al mariscal Ferdinand Foch por el lado de los franceses.


En mi clase, de seguro se encontraba un desmadre dirigido en especial por el “Chocho” - Misael. “No me apetece prefirió, mi literatura”, dije, cuando me invitaron. Un libro bacanazo de la Primera Guerra Mundial. Cuando bajaba por las gradas marrones prefabricadas, escuché ruido, de en frente del altar. Me contuve, estaba prohibido salir del aula sin autorización de un profesor, ya tenía dos llamadas de atención, por cosas que se van a obviar en este relato y podría granjearse una expulsión. No sabía qué hacer. No sabía si había hecho ya un ruido para delatarme, o al menos el suficiente. Entonces tomé valor inhalando, y subí para arriba, no iba a ponerse en juego, mis padres me rajarían por una expulsión y en el “botellita”. De repente, escuché una voz, aguda, dulce: “Baja, no te haré daño”, y luego una risita. Cuando bajé, estaba ella, con un jean muy sexy. Me miraba. “Hola”. “Hola”. Eso es todo. Luego salí.


Afuera, subiendo las gradas amarillas en dirección a mi grado y las respectivas paredes celestes claras al lado, me encontré con Hilario, y le conté lo que me pasó. Él dijo que si él la tendría, la estamparía toda la noche, eso fue grotesco y sucio, aunque inevitablemente me incentivó a decirle: “Acompáñame, vamos a ayudar a Carmen”. Al principio se negaba, luego accedió. Empezamos a ayudar. Terminamos. En un momento dado, estaba yo detrás de ella, ella parecía nerviosa, como una enamorada en su primera cita oficial, o eso me parecía. Ella simulaba ver las telas juntas, yo quería decirle algo, acercarme. No pensaba en un acercamiento de carne, aunque un poco sí, pues era invisible. Pero igual, pensaba en un acercamiento emocional. Era hermosa. Y nada más que eso me entusiasmaba.


Luego nos fuimos con Hilario, sin que nada hubiera pasado. Maldita sea, cuando me fui me detuve un rato y la miré desde lejos, quería acercarme. Pero no fui. Regresé a mi casa, prendí el televisor, comí un rato, y así, el viernes. Cuando me desperté ya sentía malestar, dolor en el pecho, dolor un poco de cabeza, y garganta, la bendita garganta inflamada. Cuando regresé, estaba peor. Toda la semana siguiente, no fui al colegio. Les dije a mis padres que me sentía muy mal, me dejaron. Entonces me escribieron el martes que no era el único, Suárez, también, Jairo y otros más, en las otras dos también. Entonces todo quinto se fue en cuarentena a sus casas. Me dolía la cabeza, y pensaba en muchas cosas que pude hacer para evitar contagiarme; eso me llevaba a dónde me contagie, en primer lugar. Trataba de desviar el tema, pues rápidamente me hartó. Así que rebuscando, en qué pensar, me encontré con Carmen - la psicóloga. Pensé en lo chevere que sería si ella me cuidaría. Pero luego me consolé con la posibilidad de contagiarla. El covid no se lo deseaba a nadie.


Cuando acabó la semana para regular el aumento de contagios en los estudiantes, los padres ya querían que volviera al colegio. Así que fui, con el covid en la última etapa; dolor de pecho y una que otra cosa. Subí por las gradas amarillas, vi el muro celeste, al lado. Luego di vuelta y entré a mi clase amarilla con cierta tonalidad pastel. Faltaban muchos chicos, Suárez, Benjamín, Jairo, Almanza. Pensé: "Vendrán después". No fue así. Pasaron los días, luego una semana.

Fue el viernes de la semana que siguió, a la tercera hora donde nos tocaba literatura, con la tutora, veía que ella se encontraba afligida. Recuerdo que cuando todos se encontraban dando sus exámenes, acabé el mío rápidamente, me acerqué. Ella me vio, sus ojos redondos negros estaban entreabiertos, su piel clara estaba pálida. Su estatura de un metro ochenta se hizo chica en un santiamén. Pensé, quizás me comparaba con Suarez, mi primo. Era el más guapo del salón. Seguro me miraba como reemplazo mientras, ya que nos parecíamos mucho, por mi nariz de tucán. Después de la mirada, me acerqué un poco más, y ya a punto de dejar mi gohan sobre su carpeta, le dije: “¿Se encuentra bien?”. Me dijo que sí. Que sólo eran lágrimas, las que había. Por cierta sequedad del ambiente, o sea, su cuerpo sólo reaccionaba.

Supe lo que en verdad le pasaba el lunes por la salida, porque tuvieron que escoger el lunes. Al menos si hubiera sido viernes, hubiera tenido tiempo para procesarlo. Pero no. Nos dijeron que nos quedáramos un rato, lo hicimos. Comenzaron a decir que éramos una gran familia, hermanos, no de sangre, sino de ideal. ¿Dónde creían que estábamos, en el San Juan? No, señores. Estábamos en el “4.04 botellita”, no en el San Juan. Después del barboteo, nos dijeron que Suarez había muerto. Fue por la madrugada, a falta de oxígeno. Entonces, entonces ese se fue el primero.

Pasaron los días. Un día Carmen me hizo llamar. Me habló de cosas, de un test. Fui a resolverlo. Me dijo que lo hiciera frente a ella. Un poco incómodo, empecé a contestar la infinidad de afirmaciones mientras ella me miraba lujuriosamente. Se lo entregué y luego me fui casi corriendo, pero cuidando de no chocar la puerta de su consultorio para no llamar la atención. Mientras pasaba por los pasillos amarillos amarronados y los tubos de agarre azul marino oscuro destellando, pensé en su mirada inquisidora. ¿Qué quería? No me reconfortaba mi decisión de salir así nomás. Yo era un chico prudente, si bien iba a por todas. Pensaba hacer mi primera vez con alguien a quien amara de verdad, o sea, no solo atracción sexual. Siguieron pasando los días. Ella seguía llamándome con un auxiliar llamado Toni: “Byron, te espera la psicóloga”. Yo ya sabía que él y Carmen tenían más cercanía, pues los veía todo el tiempo más cercanos durante el recreo. Cuando llegué, "Aquí te lo dejo, no olvides de la cita", dijo él. “Si”

Durante la sesión, ella se mostró apática. Yo pensé que era por muchas cosas. Mal paga laboral. La combi se pasó de largo, yo qué sé. Pero muchas cosas. Había pasado casi toda la sesión cuando entraron dos señoritas, practicantes. La verdad, estaba más percatándome y procesando el comportamiento de la psicóloga que pensando si iniciar una conversación. Fue tal que cuando pasaron las muchachas solo las saludé monótonamente. Decidí salir. "Adelante", me dijo ella.

Pasaron unas semanas después de eso, los casos de COVID aumentaban en mi clase, no venían, caramba. Desde la muerte de Suárez había pasado un mes, y perdón por ser tan crudo, pero fue esa palabra "muerte" la que se iba a volver tan usual en mi vocabulario. Pues resulta que no vendrían más, poco a poco la clase se iba despoblando, y la fatiga llegaba, y las visitas a la psicóloga por parte del salón.

Entonces me llamaron, ¿Cómo está afrontando la fatiga y,.. la pérdida de tus amigos?-Mal, contesté secamente-Mal, si se te ve saltando de una pata, dijo terminando con una risita- Eso me consternó, esta loca– Puedo irme -Perdón, estoy con esto de las pérdida, no debí decir, eso, claro que estas mal “Siga, pensé”. También lo necesitaba. –No sé, querras tener sexo. Se podría decir que fue algo así, para acelerar la narración, entonces pasó, mis dedos bajaron suavemente por su chaleco celeste verde–propio de ella, no de la I.E, que se sitio cresposo. y luego sentir la curva se su cintura. ¡Ah!, perdón.–  Ella exhalaba  en  mi cuello,. La besaba, lentamente en la frente, en los cabellos, la superaba casi tres cuarto de cabeza. Tuve que inclinarme un poco para darle un beso, la levanté , mis brazo atléticos de las piernas, ella había perdido el control, era una bestia salvaje.Todo terminó en cuatro estampadas, un jaleo-Ah!--, y, lo que tenía que pasar..

Pasaron los meses y solo quedamos cuatro en la clase: Yo, Claudio, Enerto y Pacuri. Mierda, pensaba todos los días. A la quinta muerte, ya no me dolía, sólo tenía esa maldita sensación de que todo era irrealista. Mis amigos habían muerto, y a nadie le importaba, ni siquiera al Chocho que se había librado de un lío, gracias a mí.

Caminabas por la calle al salir por las arboladas, mirabas la vereda gris bien pavimentada, las universitarias de la U de la esquina con sus risas atoradas, y todo como un sueño de nunca acabar. Era una tortura vivir. La preclausura estaba a casi nada, en un recreo vacío, sentado al lado de Pacuri en la banca. Viendo a los de cuarto tranquilos jugar. Sin importarles que sus amigos veteranos estaban mal. Bien sentado, vi pasar a Gloria, después del “suceso”, no la había vuelto a ver. Hasta pensaba que había renunciado, por mi culpa, lo cual, me hacía sentir peor de lo que ya estaba.

Entonces la vi, y le dije a Pacuri que ahora volvía, lo de siempre. Fue lamentable, lo sé. Pues caminé casi tambaleándome, dando pisotones, subiendo las gradas grises. Ella ya estaba avanzando en el corredor, –”¡Espera!”, le grité. “¿Por qué tanto formalismo?”, me pregunté. “¿Sí?”, dijo ella. “Lo de nosotros, el amor”, balbuceé. “¿Disculpa?”, respondió. “Por favor, no lo niegues”, insistí. Miró en varias direcciones y luego dijo: “Está bien. ¿Qué pasa con eso?””¿Podemos volver a hacerlo?”, inquiri.

Se quedó pensativa, con los ojos entrecerrados en una mezcla de irritación e indignación, al menos así yo lo percibí. No estaba contenta. “No”, dijo finalmente. “Eso fue una vez, tú lo sabes bien”, agregó en voz baja. “Es por eso del estrés. Sabes, tenías razón, estaba  equivocada”.

 Me fui, llegando a mi casa atareado, viendo las paredes blancas con manchas difuminadas de dibujos a trazo bordados, y la autora, mi hermanita Gabriela.

Durante la cena, le dije a mi madre que necesitaba terapia. Se puso pensativa, entrecerrando los ojos marrones y tensando sus ligeras bolsas debajo, como una vieja líder de tribu india mestiza. Estaba considerando la economía de la casa, pero al final accedió. Comencé a mediados de diciembre y terminé a fines de febrero, justo para mi cumpleaños. Aún siento pena por mis amigos muertos, aún siento pena por haberlo hecho tan joven. Pero la vida continúa, aún así.

FIN 


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